Autoridad Moral

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Autoridad moral

La fuerza de la autoridad se halla en la autoridad moral, conquistada no por decretos o investiduras externas, ni mucho menos por imposiciones o castigos, sino por la coherencia entre el decir y el hacer, entre el hacer y ser.
La autoridad moral no puede ser fabricada ni exigida. Es el resultado de un proceso interior en quien detenta la autoridad, por el cual él mismo lucha por los valores que desea transmitir. Su primer papel es el de encarnar un ideal y conducir hacia él. La fuerza motriz para el cumplimiento de tal papel es la actitud de servicio.

La autoridad moral se basa en ser consecuente con las decisiones que se toman, lo que se dice y se hace. Se basa en conceptos tales como la verdad, las convicciones y el ejemplo. Por lo tanto, si quien detenta la autoridad es inconsecuente, miente u obra de forma errada, su palabra carecerá de valor.
La autoridad es sobre todo una fuerza moral, por eso los gobernantes deben apelar, en primer lugar, a la conciencia, o sea, al deber que cada cual tiene de aportar voluntariamente su contribución al bien común de todos. Su función no se limita a mandar, organizar, coordinar, sancionar o controlar. Cuando la autoridad sólo interviene para ordenar y exigir, demostrando quien la detenta estar interesado únicamente en afirmar sus propios derechos, crea rechazo.

Una autoridad que solo se ejerce como autoridad formal merece ser obedecida, pero nunca podrá cumplir su meta, nunca será fecunda. Será una autoridad obedecida por obligación, nunca voluntariamente. Solo la autoridad moral surgida por el servicio desinteresado a los demás es la que puede ganarse el derecho a ser obedecida con buena voluntad y a recibir la cooperación y la adhesión de sus subordinados.