Perspectiva ambiental global: Por qué lo importante ahora también es urgente

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Artículo de [Stephan Schmidheiny]

Es un gran honor para mí participar de esta ceremonia. A todos los graduados del INCAE, mis felicitaciones por el logro tan significativo que les permite incorporarse a las filas de quienes están llamados a hacer la diferencia en el desarrollo de las empresas, organizaciones y naciones que requieran sus servicios.

Hace trece años recibí un Doctorado Honoris Causa de esta prestigiosa institución. Desde entonces, he tenido la oportunidad de trabajar en el INCAE y junto al INCAE para promover, en éste y otros ámbitos, una comprensión cabal de los desafíos que representa para el mundo y la región el proceso que llamamos desarrollo sostenible. Permítanme compartir con ustedes algunos fragmentos de esta historia que, aunque muy reciente, encuentro de gran importancia para su futuro.

A principios de la década del ´90, la magnitud y el potencial de las amenazas al medio ambiente se hicieron evidentes a nivel global. Aunque la información y los conocimientos científicos no eran tan precisos como hoy, algunas tendencias, como el crecimiento demográfico y los patrones de consumo, indicaban que la especie humana estaba superando la capacidad de carga que su hábitat podía satisfacer. Era tiempo de redefinir y cambiar el rumbo.

En junio de 1992, jefes de Estado y miembros de gobiernos se reunieron en la Cumbre de la Tierra, en Río de Janeiro. Allí los líderes mundiales reconocieron, por primera vez, la gravedad de las amenazas y la necesidad de actuar en forma preventiva.

Fue a partir de entonces que el concepto del desarrollo sostenible, que implica actuar en forma preventiva para evitar daños irreparables al hábitat del planeta, habría de convertirse en el principio rector del presente y el futuro de la humanidad. Y si bien durante los primeros años el concepto se aplicó fundamentalmente a la conservación de la naturaleza, con el tiempo fue evolucionando y extendiendo su influencia hacia temas sociales, económicos e institucionales.

Uno de los resultados concretos de la Cumbre de la Tierra fue la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que, con el objetivo de reducir las emisiones de gases que provocan el efecto invernadero, entró en vigencia en 1994 y fue aceptada por casi todas las naciones del planeta.

Bien sabemos, sin embargo, que el tan esperado y necesario cambio de rumbo nunca se produjo y el mundo continuó funcionando como de constumbre. Impulsadas por la disponibilidad de energía de origen fósil a bajo precio, las economías de consumo lideraron un crecimiento económico sin precedentes. China y otras economías emergentes se sumaron con entusiasmo a la vertiginosa globalización, elevando las curvas de consumo de recursos a niveles récord nunca antes alcanzados.

Por lo tanto, en los últimos quince años no hicimos lo que sabíamos que debíamos haber hecho. Más aún: como integrantes de una economía globalizada, avanzamos en la dirección opuesta y a paso acelerado. Es obvio que aquellos de nosotros que estamos liderando en términos de poder, crecimiento económico y tecnología, también deberíamos haber sido líderes en la innovación hacia el desarrollo sostenible. Y deberíamos haber servido, además, como ejemplo para el diseño de las economías emergentes. Sin embargo, solo nos hemos constituido en un ejemplo de consumismo, uso ineficiente y desperdicio de recursos energéticos y naturales adquiridos a bajo precio.

Hoy, estamos perdiendo la oportunidad de actuar en forma preventiva. Como resultado del cambio climático, se están produciendo daños substanciales con consecuencias desconocidas, cuyo impacto sobre las actuales formas de vida es inevitable. El informe presentado recientemente por el Panel Internacional sobre el Cambio Climático no deja lugar a dudas: el cambio climático está sucediendo ahora mismo y es producto, principalmente, de la acción del hombre. Lamentablemente, cabe aplicar a esta situación la célebre cita de Winston Churchill: “Ya pasamos el período de tratar de controlar las causas. Ahora entramos en el período de tener que manejar las consecuencias”.

En este sentido, aquello que hace quince años era considerado de importancia vital ahora se ha convertido, además, en algo sumamente urgente. Se nos acaba el tiempo. Ya no podemos darnos el lujo de planificar en forma cuidadosa y detallada para luego implementar las acciones gradualmente. El tipo de medidas que se requieren hoy para mitigar y limitar el daño nos exigirán hacer elecciones cada vez más difíciles. Es triste pensar en las grandes oportunidades de innovar y, al mismo tiempo, de hacer negocios, que hemos perdido por continuar aplicando políticas de corto plazo –como, por ejemplo, el uso de combustibles fósiles baratos–, en vez de incorporar a nuestro proceso de toma de decisiones variables de largo plazo.

En 1992, el World Business Council for Sustainable Development (Consejo Empresarial Mundial para el Desarrollo Sostenible) –que fundé con el objeto de promover la participación activa de los empresarios y la industria en la Cumbre de la Tierra– publicó el libro Cambiando el rumbo. Allí se definía la ecoeficiencia como un elemento esencial para el desarrollo exitoso de los negocios en un mundo donde los recursos naturales iban a ser cada vez más escasos.

Algunas empresas pioneras asumieron el desafío y decidieron ir tras las oportunidades. Muchas de ellas alcanzaron logros que estaban más allá de lo que su imaginación jamás les hubiera permitido soñar en 1992. Estas empresas, en alianza con comunidades progresistas, científicos, empresarios y emprendedores sociales que trabajan por las mismas metas, han logrado conformar una formidable masa crítica de conocimientos, aprendizajes y experiencias. Hoy ya sabemos y hemos demostrado cómo es posible alcanzar cada vez mayores niveles de ecoeficiencia y “volverse”, en consecuencia, cada vez más ecoeficiente.

El desarrollo sostenible va mucho más allá y trasciende el mero perfil “verde”. Compañías líderes en el mundo, como DuPont, Toyota, Wal-Mart, General Electric y muchas otras, han demostrado que la ecoeficiencia y la responsabilidad social pueden ser parte de una estrategia competitiva exitosa. Combatir la pobreza mediante la inclusión masiva de personas de bajos recursos económicos en una propuesta de negocios, permitiéndoles participar en los beneficios de la economía de mercado, es sin duda alguna, un elemento adicional de las estrategias empresariales orientadas al futuro.

Sin embargo, para aprovechar lo mejor de la economía de mercado, de la creatividad empresarial y de la innovación, necesitamos líderes políticos y “decisores” de políticas públicas que envíen las señales correctas. Muchas de las más promisorias iniciativas se ven aún limitadas o impedidas por sistemas de incentivos erróneos, basados en políticas diseñadas en tiempos de combustibles fósiles baratos y de una atmósfera, cuya capacidad para almacenar gases que provocan el efecto invernadero se creía ilimitada.

Esperemos que todos los ciudadanos y las naciones del mundo despierten definitivamente y aprendan de la experiencia de los últimos quince años. Ya no debemos perder el tiempo ni malgastar las oportunidades. Y tampoco debemos esperar que instituciones, como por ejemplo los gobiernos centrales, tomen la iniciativa y asuman el liderazgo, ya que hoy está probado que los actores no gubernamentales pueden llegar a ser más proactivos y eficicientes.

Hasta hace poco tiempo, quienes venimos trabajando por el desarrollo sostenible solíamos preocuparnos por el destino de las generaciones futuras. Ahora, a medida que van recayendo sobre nosotros las consecuencias de nuestra falta de acción -en el pasado reciente-, esta preocupación se nos viene encima y nos obliga a pensar en las generaciones presentes que hoy habitan el planeta.

Día tras día, enormes y crecientes cantidades de nuevos consumidores comenzarán a participar de la economía global. Así, la demanda continuará aumentando en forma exponencial, y muy pronto viviremos en un mundo que estará condicionado por la escasez de recursos.

En principio, a lo largo de la historia, la humanidad ha enfrentado el problema de la escasez de tres maneras diferentes:

1. Reduciendo el consumo y utilizando los recursos de manera más eficiente.

2. Negociando la distribución de los recursos existentes entre los diversos grupos de interesados.

3. Empleando la fuerza para asegurarse el propio abastecimiento en detrimento del resto de la sociedad.

Resulta bastante previsible que, de no mediar esfuerzos concretos para avanzar hacia alguna de las dos primeras alternativas, el escenario dominante será el tercero. Y es lo que ya está ocurriendo hoy, cuando las grandes economías del mundo se mueven a paso acelerado para asegurarse su acceso a lo que aún queda de las fuentes de petróleo.

Afortunadamente, tengo la impresión de que una parte importante de la población mundial está alcanzando un punto de inflexión en su toma conciencia acerca de los desafíos que enfrentamos. Los ciudadanos responsables ya no ven el cambio climático como una moda “verde” sino más bien como un reto existencial. Y quieren que sus gobiernos, sus comunidades, sus organizaciones, sus familias y amigos se involucren y comiencen a actuar en forma consistente con esta realidad.


En un mundo cada vez más restringido por la escasez de recursos, la posición competitiva de América Latina podría mejorar, si se implementaran políticas públicas orientadas a asegurar el buen uso del rico patrimonio natural que aún disfrutamos en la región. Gobernantes y legisladores, empresarios y líderes de la sociedad civil, deben buscar maneras de aunar fuerzas para lograr que tales políticas sean “deseables” (o, al menos, consideradas). Juntos tenemos que asegurarnos de transformar la riqueza de nuestros recursos en alta productividad y en sostenibilidad, y no en pérdida. A medida que los recursos naturales se vuelven cada vez más valiosos, debemos evitar que se conviertan en fuentes de efectivo de corto plazo -como lo ha sido el petróleo para los países petroleros-, y más bien convertirlos en importantes fuentes de cambio social y sustentabilidad económica y ambiental.

Mi participación en el proceso que condujo a la Cumbre de la Tierra en 1992 fue, para mí, una intensa experiencia de aprendizaje. A diferencia de muchos políticos, creí en lo que vi y entendí; y decidí a actuar en forma proactiva.

En 1993, creé la Fundación AVINA para facilitar procesos sociales que conducen a formas más sostenibles de desarrollo humano. Hasta el momento, AVINA ha apoyado a más de 1.500 emprendedores sociales en un amplio rango de actividades que van, desde el manejo y la conservación de los recursos naturales, hasta la participación democrática, la seguridad jurídica, la promoción de la equidad y la igualdad de acceso a las oportunidades. Recientemente, Fundación AVINA ha puesto énfasis en la facilitación de redes de líderes sociales que permiten el aprendizaje mutuo y la acción colectiva. También apoya y facilita la colaboración entre empresas y organizaciones de la sociedad civil.

En 2003, doné de manera irrevocable al Fideicomiso VIVA la totalidad de los paquetes accionarios de mis inversiones productivas en América Latina, con el fin de asegurar la continuidad y la sostenibilidad del proceso de aprendizaje que había comenzado diez años antes, y de las organizaciones que había fundado. El principal activo del Fideicomiso VIVA es MASISA, una empresa que produce y comercializa en todas las regiones de América productos de madera, elaborados con materias primas que provienen de plantaciones manejadas bajo estrictos parámetros de sostenibilidad y del reciclaje de residuos de madera. MASISA mide, además, su desempeño con el sistema de “triple cuenta de resultados”, utilizando indicadores sociales, económicos y ambientales.

Hasta donde llega mi conocimiento, el Fideicomiso VIVA es una de las mayores donaciones privadas que ha recibido América Latina. No se trata, sin embargo, de una donación caritativa en el sentido de la filantropía tradicional, sino más bien de una nueva estructura organizacional y social que combina las fortalezas propias del mundo de los negocios con las de la filantropía. Espero que, como ejemplo de innovación radical, VIVA sirva como inspiración, modelo e incentivo, y estimule a otros a desarrollar sus propias experiencias en este campo.

En VIVA, ya hemos comenzado a percibir el impacto positivo de nuestros esfuerzos, tanto en el ámbito de los negocios como en la filantropía. Día a día, estos dos aspectos de nuestra organización aprenden a trabajar en forma conjunta en pos de objetivos en común y una visión compartida, al mismo tiempo que cada uno de ellos permanece leal a los parámetros que guían su desempeño, según sea su ámbito de pertenencia el mundo de los negocios o de la filantropía.


El modelo de desarrollo que hemos aplicado en América Latina durante las últimas décadas ha funcionado sólo en forma parcial: efectivamente contribuyó a crear riqueza, pero también ensanchó y profundizó la brecha entre ricos y pobres. Por eso, en un momento como el actual, cuando la concentración de poder alcanza niveles históricos sin precedentes, son los ricos quienes deben comenzar a explorar nuevas formas creativas para compartir más e invertir mejor su riqueza.

En el pasado, América Latina fue uno de los escenarios donde más se sufrieron los efectos de la Guerra Fría, generando movimientos revolucionarios y dictaduras como dos respuestas frecuentes a sus problemas. Hoy nuevamente la región se encuentra en situación de riesgo y los tambores del conflicto ya resuenan a lo lejos.

Ante esta perspectiva, los empresarios poderosos y ricos del continente deberían comenzar a actuar en forma proactiva para generar nuevas respuestas que le permitan a América Latina romper su patrón histórico de inestabilidad política y social. Si queremos evitar el tercer escenario que mencionábamos hace unos minutos –el empleo de la fuerza con el fin de asegurarse el propio abastecimiento en detrimento de los otros–, para superar el desafío de la escasez, necesitaremos aprender a trabajar en forma conjunta, atravesando las fronteras de la exclusión, entre “los que tienen” y “los que no tienen”, y alcanzar el beneficio mutuo de “ser” y vivir con dignidad.

El cambio de actitud es tan importante como urgente para evitar el colapso del tejido social y del medio ambiente. Estoy convencido de que podemos encontrar formas de alcanzar un futuro más promisorio si logramos que los empresarios y los emprendedores sociales, que el mundo de los negocios y la sociedad civil organizada, coincidan en una visión compartida, y colaboren en la definición de un marco político efectivo y eficaz para el desarrollo sostenible.

Como futuros líderes empresariales y sociales, los graduados del INCAE están llamados a impulsar estos cambios. Por más de una década, el INCAE y AVINA primero, y luego el INCAE y el Fideicomiso VIVA, han trabajado en forma conjunta para intentar dicho marco a la medida de las necesidades de la región. La misión del INCAE indica que esta institución forma líderes, tanto en prácticas, como actitudes y valores.

No me caben dudas de que, como individuos que han tenido el privilegio de pasar por estas aulas, les aguarda un futuro promisorio. Sé también que aceptarán el gran desafío y la responsabilidad de llevar esta nueva visión del desarrollo sostenible a las empresas, organizaciones y países que requieran de sus servicios.

Confío en que sabrán actuar en consecuencia y tomar las decisiones para cambiar definitivamente el rumbo.

El futuro de América Latina, y el del mundo, está en sus manos.