Principio de ejemplaridad

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La responsabilidad del ejemplo concierne a todos los hombres por igual, porque vivimos en una red de influencias mutuas de la que no podemos escapar: todos somos ejemplares para todos. Pero es indudable que la responsabilidad de la ejemplaridad pesa especialmente en las personas públicas. Debe comenzar "desde arriba", esto es, desde quienes tienen mayor poder y responsabilidad, empezando por el Estado y el sector político, y llegar hasta los ciudadanos. Las correcciones, cambios, actitudes ejemplares deben brillar desde los lugares más altos de todos los espacios de poder, para que el resto los vea, los valore, y finalmente los siga.

Para el filósofo Javier Gomá que ha escrito sobre la "ejemplaridad pública", este concepto no se refiere solo a cargos públicos, ni afecta únicamente a las élites. No es aristocrático; es democrático. La ejemplaridad tiene que ver, sencillamente, con eso tan difícil que resulta inspirar confianza. Cicerón la definía como una uniformidad de vida. En este sentido, según el ensayista, lo público y lo privado deben convivir. "Existen múltiples ejemplos de la vida pública que tienen su explicación en lo privado. A lo mejor un ciudadano o un cargo cumplen la letra de la ley pero no su espíritu hasta un punto que sus acciones puedan resultar repugnantes para la sociedad".

Gomá también explica: "La vida privada conforma uno de los derechos civiles más importantes conquistados por la modernidad, uno de los mayores regalos que el hombre se ha concedido a sí mismo. En virtud de ese derecho, la democracia reconoce a cada ciudadano, cuando alcanza la mayoría de edad, la prerrogativa de elegir el estilo de vida que prefiera sin interferencias ni tutelas públicas. Esto es y debe ser así, siempre que se distinga entre una concepción jurídica (la anterior) y otra ética de la vida privada. Desde una perspectiva ética, existe desde luego la intimidad, pero no estrictamente vida privada, si por tal se entiende un ámbito exento de influencia de ejemplos. Nuestra vida privada ofrece siempre el cuerpo de un ejemplo positivo o negativo para nuestro círculo de influencia y en este sentido inevitablemente produce un perjuicio a tercero (o beneficio), no un daño jurídicamente perseguible pero sí un daño moral (o un bien). La conciencia de este hecho hace nacer el siguiente imperativo de ejemplaridad: 'Que tu ejemplo produzca en los demás una influencia civilizadora'.

El concepto de ejemplaridad satisface adecuadamente la doble demanda, de ahí su amplia recepción social. Por un lado, ejemplaridad sugiere ese plus de responsabilidad moral extra-jurídica, exigible a todos pero en especial a quienes se desempeñan en cargos financiados por el presupuesto público. Por otro, la ejemplaridad no admite una parcelación en la biografía entre los planos de lo privado o lo público —artificio válido en Derecho, no en la realidad— porque denota aquello que Cicerón denominó “uniformidad de vida”, una rectitud genérica que involucra todas las esferas de la personalidad. “Ejemplar” es un concepto que responde a la pregunta de cómo es, en general, alguien, y si parece o no digno de confianza."