Privacidad pública

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La privacidad puede ser definida como el ámbito de la vida personal de un individuo que se desarrolla en un espacio reservado y debe mantenerse confidencial.

Privacidad se define como: "ámbito de la vida privada que se tiene derecho a proteger de cualquier intromisión" e intimidad como: "zona espiritual íntima y reservada de una persona o de un grupo, especialmente de una familia".

La intimidad y la privacidad poseen distintas acepciones dependiendo de las culturas y los indivíduos.

La intimidad es la preservación del sujeto y sus actos del resto de seres humanos, pero también se refiere a la característica de un lugar que invita a este estado de la persona.

La intimidad a veces se relaciona con anonimato a pesar de que por lo general es más preciada por las personas que son más conocidas por el público.

La intimidad puede ser entendida como un aspecto de la seguridad, en el cual el balance entre los intereses de dos grupos pueden ponerse en evidencia.

El derecho contra la invasión a la intimidad por el gobierno, corporaciones o individuos está garantizado en muchos países mediante leyes, y en algunos casos, la constitución o leyes de privacidad. Casi todos los países poseen leyes que en alguna medida limitan la privacidad, por ejemplo las obligaciones impositivas normalmente requieren informar sobre ingresos monetarios.

En algunos países la privacidad individual puede entrar en conflicto con las leyes que regulan la libertad de expresión, y algunas leyes requieren el hacer pública información que podría ser considerada privada en otros países o culturas.

El anonimato es el carácter o la condición de anónimo , es decir, que la identidad de una persona o entidad es desconocida, esto puede ser simplemente porque la persona no puede o no quiere revelar su identidad. Disfrazar la identidad de uno puede también ser por elección, por razones legítimas como la privacidad y, en algunos casos, seguridad personal.

El desarrollo de la sociedad de la información y la expansión de la informática y de las telecomunicaciones plantea nuevas amenazas para la privacidad que han de ser afrontadas desde diversos puntos de vista: social, cultural, legal, tecnológico.


A partir de 2015 todos los argentinos que renueven su DNI o domicilio pasarán a tener una tarjeta de identificación “inteligente” que concentrará datos personales biométricos y biográficos, vínculos familiares, el historial clínico, un seguimiento de la rutina de consumo y la movilidad en el transporte.

El creador de Wikileaks, Julian Assange, dijo el año pasado que Argentina es el país con la vigilancia más agresiva de América Latina, no por el DNI electrónico anunciado, sino por el actual DNI que contiene datos biométricos digitalizados como el rostro y las huellas digitales. Son menos de diez los países que han aceptado crear una base nacional de datos biométricos, como es el SIBIOS en Argentina, e incluso varios países las han prohibido.


En 2010 Inglaterra quiso implementar el mismo DNI “inteligente” pero la presión social lo impidió por constituir un avance injustificado sobre la privacidad y por la falta de garantías de seguridad, en especial después de que lograran vulnerar los chips en 12 minutos. Francia y otros países también prohibieron estos sistemas. Y ni siquiera España incluye tanta información en sus DNI electrónicos.


La particularidad de estos DNI “inteligentes” es que digitalizan y circulan los datos fragmentados del individuo convirtiéndolo en un dividuo, y así es tomado por los sistemas de seguridad informáticos hasta que se requiere, ante la duda, reconvertirlo en un individuo material.

Esta digitalización permite construir perfiles sociales y monitorear patrones de movilidad y consumo de toda la población.
En este sentido, Argentina sería un país experimental. 
A nivel nacional, el uso público de estos datos conlleva riesgos.
En especial porque el decreto de creación del SIBIOS no estipula mecanismos de control institucional ni civiles, y en principio, todas las fuerzas de seguridad del país pueden acceder a la base sin restricciones normadas.


En 2013 una falla de seguridad permitió la descarga de fotos de todos los argentinos del padrón electoral, por lo que hoy la base ya estaría en manos privadas.
El Registro Nacional de las Personas reconoció la falla pero le echó la culpa al Poder Judicial.
Esta es la antesala de lo que vendrá: los organismos se echarán la culpa entre sí mientras que el daño ya estará hecho.


Que el Estado garantice la identidad de cada ciudadano es un derecho humano fundamental, y a eso deben limitarse los documentos; todo lo demás son aditivos que, además de su dudosa constitucionalidad, son prescindibles y traerán más riesgos que beneficios. Porque a diferencia de una llave o clave virtual, no podremos reemplazar nuestras huellas o rostro ante alguna suplantación de identidad o error técnico.

Conjuntamente con este tipo de problemas, a partir de la irrupción de los medios masivos de interacción y de las redes sociales en la vida cotidiana de las personas ha surgido un nuevo concepto de privacidad que se denomina “privacidad pública”.

El concepto tradicional de intimidad y privacidad ha quedado obsoleto para darle lugar a una nueva forma de exposición pública de los actos privados que consiste en estar permanentemente expuesto a la mirada del público, aún a costa de no seguir eligiéndolo o de cambiar de opinión en algún momento, ya que los contenidos que se publican a través de internet y se suben las redes sociales una vez que ya fueron publicados dejan de pertenecer a las personas para formar parte de los contenidos de la blogosfera cuyos “dueños” son las empresas como Facebook u otras que brindan las plataformas de interacción social.

Aún se desconoce las secuelas que dejarán en el futuro estas nuevas formas de exposición pública, y sus efectos sobre el derecho de los ciudadanos a preservar su intimidad y llevar una vida privada.

El dilema se plantea en términos de la legítima defensa de la intimidad, el derecho a la privacidad, y la confidencialidad como formas de resistencia al avance sobre las libertades individuales, y ya se están viendo las primeras reacciones por parte de los individuos que en algún momento se han sentido perjudicados por esta nueva realidad.

Apología de la desconexión, artículo de Federico Kukso para LA NACION D15 DE ENERO DE 2017

Volverse invisible como nueva utopía. Mientras celulares y redes sociales imponen la presión de la conexión permanente, se multiplica el activismo de la tecno-independencia, una nueva configuración de la privacidad en la sociedad digital.

En los papeles, el plan era simple. Hoy diríamos "quirúrgico": sólo debía entrar, dispararle a Guillermo de Orange y desaparecer. Pero la suerte no acompañó a Juan de Jáuregui aquel día de 1582. Con sólo veinte años, ese tímido vizcaíno había sido convencido por su jefe, el comerciante Gaspar de Añastro, y por 2877 coronas proporcionadas por el rey español Felipe II, de asesinar en Amberes al conde de Nassau, alias el Taciturno, descrito como la "peste del conjunto de la cristiandad y un enemigo de la humanidad". Como todo fanático religioso, el joven estaba convencido no sólo de que con su proeza se ganaría el cielo. También creía, alentado por su patrón y los amuletos que le había proporcionado -cruces y velas verdes-, que se volvería invisible inmediatamente después, y así escaparía con facilidad.

El domingo 18 de marzo de aquel año, a la salida de un comedor, Jáuregui abordó a Guillermo de Orange. Sacó su pistola y apuntó al medio de la cabeza. Pero, para su desgracia, el arma le estalló en la mano como una granada. Y peor: no desapareció. El séquito del duque no tardó en reaccionar y atravesó al joven con sus espadas. Su cadáver fue colgado públicamente en una plaza. Algunas fuentes discrepan en detalles. Hay testimonios, por ejemplo, que aseguran que Jáuregui se presentó totalmente desnudo aquel día, ya que el hechizo que supuestamente lo protegía y lo haría desaparecer no servía para la ropa.

Más que un ardid de ilusionistas e imitadores de David Copperfield, la idea de la invisibilidad tiene raíces profundas en la cultura occidental. De La Ilíada de Homero y La República de Platón al cristianismo primitivo, la hechicería y el folklore medieval, pasando por las hermandades invisibles, las sesiones de linterna mágica, la fotografía de hadas, el ilusionismo victoriano, El hombre invisible de H. G. Wells, El Hobbit de Tolkien y la serie de Harry Potter, el erotismo de lo invisible permea la historia como secreto, como poder maravilloso o desafío moral. "Es un sueño tan antiguo como el de volar -escribe el inglés Philip Ball en su fascinante El peligroso encanto de lo invisible (Turner)-. La invisibilidad brinda acceso a sitios liminales, matizados de deseo, fascinación y posibilidad. Nos transforma y nos traslada a otro reino."

Aún hoy, en una época moldeada por la ciencia y la técnica y que permanentemente busca exfoliar los restos de pensamiento mágico, este poderoso afán de pasar desapercibido subsiste. Está en las performances del artista chino Liu Bolin, las "capas de invisibilidad" del ingeniero electrónico Susumu Tachi y también en cada atisbo, deseo fugaz o fantasía distópica de abstraerse del tejido digital de una sociedad hiperconectada, extenuante, en la que todo se ve y todos somos vistos.

La tecno-independencia

El 1 de enero pasado no sólo debutó 2017, el año internacional del turismo sostenible para el desarrollo según las Naciones Unidas. En Francia, después de meses de discusiones, entró en vigor la llamada Ley El Khomri, una reforma laboral que incluye el droit à la déconnexion, o sea, el derecho a desconectarse fuera del horario de trabajo. De ahora en más, los trabajadores de compañías con más de 50 empleados no estarán obligados a chequear y responder mails al regresar a sus casas. "La frontera entre la vida profesional y personal se ha vuelto muy tenue", expresó la ministra de trabajo Myriam El Khomri.

Dice el artículo 25: "El desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación si está mal administrado o regulado puede tener un impacto en la salud de los trabajadores". Pero esta modificación no sólo es una medida para reducir el estrés. Se trata de un paso más hacia una declaración de la independencia tecnológica, ya impulsada por la promulgación del derecho al olvido en Internet.

En las publicidades, en la gramática tácita con la que nos envuelven y encandilan, redes sociales y celulares prometen felicidad sin consecuencias, libertad, el acceso al mundo bajo nuestro pulgar. El primer eslogan publicitario de Microsoft fue: "¿Adónde quieres ir hoy?". Facebook pregunta: "¿Qué tienes en mente?". "¿Qué está pasando?", interroga Twitter, mientras la lucecita verde del celular que indica un nuevo mensaje de WhatsApp no deja de parpadear.

Pero al mismo tiempo y sin que nos demos cuenta, las redes sociales extienden silenciosamente una cadena que se infiltra bajo nuestra piel: imponen la obligación de estar permanentemente ahí, conectados, disponibles. La promesa de comunicación ilimitada se volvió un certificado de control. Hay que tuitear, opinar de todo aunque no tengamos argumentos, "whatsappear", "instagramear" y mostrar cuán maravillosa es nuestra vida (editada). Es lo que varios filósofos y sociólogos llaman la "coacción de la comunicación".

"El 'me gusta' es el amén digital -dice en su libro Psicopolítica el coreano Byung-Chul Han-. El smartphone no sólo es un eficiente aparato de vigilancia, sino también un confesionario móvil. Facebook es nuestra iglesia global. La hipercomunicación digital destruye el silencio que necesita el alma para reflexionar y para ser ella misma."

No sólo todos somos directores técnicos, también todos nos creemos capacitados para opinar de aquello que desfila en nuestras pantallas, aunque no tengamos argumentos y aunque nadie haya solicitado nuestro punto de vista. Desde qué ciencia se debería hacer en el país hasta con quién se acuesta el último actor o actriz de moda.

Como recordaba Umberto Eco en uno de los ensayos que componen De la estupidez a la locura, vivimos en una época en la que el bien principal es la visibilidad: "Porque el ser humano, para saber quién es, necesita la mirada del otro, y cuanto más le ama y le admira el otro, más se reconoce (o cree reconocerse) -escribió el filósofo italiano antes de morir en febrero de 2016-; y si en vez de un solo otro son cien o mil, o diez mil, mucho mejor, se siente completamente realizado".

En nuestra sociedad de la indignación y del escándalo, esta obligación de decir y mostrar(se) se vuelve en ciertos casos una patología. Opera como el motor del troll que, desde el anonimato o la distancia que impone la comunicación digital, piensa que su vómito de odio -en forma de comentarios, tuits, shitstorms, fenómenos genuinos de la comunicación digital- no tiene consecuencias.

Pero más allá de estos casos, ¿hay posibilidad de dar un paso al costado, de no estar ahí? ¿Qué sucede si no estamos, si nos apartamos al menos por un día, un mes, en vacaciones, del mundo online, de las redes sociales? ¿Existimos?

En este nuevo ambiente en el que habitamos, la desconexión puede ser entendida como resistencia, como nueva configuración de la privacidad en la sociedad digital. "Ya casi no hay conexiones humanas no mediadas de alguna u otra manera por lo digital. El sujeto se mueve en redes y se espera que aumenten sus contactos, que mejore su conectividad -dice el sociólogo suizo Urs Stäheli de paso por Buenos Aires, invitado recientemente por el Goethe-Institut-. La desconexión así es vista más como un error del sistema, como algo negativo, un problema. El ethos de estar conectado genera su propio régimen disciplinario. Estar conectado dejó de ser una decisión personal para convertirse en un mandato producto de una presión social. Y el que no cumple se vuelve un renegado, un outsider, un border, alguien peligroso porque no puede ser rastreado, un ermitaño. Como el Unabomber."

Desaparecer completamente

La trepidante expansión y naturalización de Internet en los últimos veinte años tuvo sus próceres -su santísima trinidad: Gates, Jobs, Zuckerberg-, pero también sus víctimas. Para que la Red hiciera mover al mundo, las distinciones online/offline y virtual/real tuvieron que morir. No sólo como dimensiones técnicas de la existencia sino también como categorías psicológicas, estados de ser. Hubo una época -lejana, olvidada- en la que las puertas de Internet se abrían de par en par al proveer una contraseña y también luego de la emisión de un grito: aquel chirrido cargado de agonía de los viejos módems dial-up, conocido por aquellos que recordamos un mundo (y una vida) sin redes sociales, Wikipedia, Skype y celulares. Ahora, en cambio, vivimos en un contínuum, un flujo ininterrumpido en el que átomos se engarzan con bits. Nuestra construcción o máscara digital forma parte de nuestra identidad. Los carteles de salida de la Red están cada vez más ocultos.

De este aprisionamiento se ven ya sus consecuencias, sus heridas internas: profundización de la nomofobia -el miedo irracional de olvidarse el celular-, aumento de trastornos de adicción a Internet, síndrome de la vibración fantasma, irritabilidad, alteraciones del sueño, síntomas de "info-obesidad", narcisismo y exhibicionismo digital, fatiga de la conexión. En nuestra sociedad del rendimiento y del cansancio -como dice Byung-Chul Han- no hay espacio para el aburrimiento, para la contemplación. "El exceso de información, de transparencia y de rendimiento nos ha conducido a un tiempo incapaz de callar ni de concluir ningún proceso", dice este profesor de la Universidad de las Artes de Berlín.

"Desde que los humanos estamos en el planeta, hemos inventado métodos para escapar del presente -recuerda la psicoterapeuta Nancy Colier, autora de The Power of Off: The Mindful Way to Stay Sane in a Virtual World-. Lo que cambió en nuestra era tecnológica es que nuestro escape es comunal y considerado una manera razonable de vivir. La tecnología es nuestra nueva droga. Estamos digitalmente borrachos. Para liberarnos de nuestro adictivo uso de la tecnología, primero debemos reconocer que la estamos usando sin conciencia."

El derecho a estar solo

Un estudio global realizado por el Centro Internacional para Medios de Comunicación y Asuntos Públicos y la Academia de Salzburgo sobre Medios de Comunicación y Cambio Global expuso que la mayoría de los mil universitarios consultados en diez países considera que los celulares se han convertido literalmente en parte de sus cuerpos. "Por lo tanto, prescindir de ellos los hizo sentirse como si hubiesen perdido parte de sí mismos", advierte el documento del The World Unplugged Project (https://theworldunplugged.wordpress.com/).

El documental Screenagers: Growing Up in the Digital Age, de Delaney Ruston, es otra de las producciones que retrata la ansiedad y adicción tecnológica, en este caso entre adolescentes; el malestar que desde hace algún tiempo impulsa movimientos de desintoxicación digital parcial, como el organizado por la ONG estadounidense Reboot. Desde 2010, miles de personas alrededor del mundo se comprometen con el "Sabbath Manifesto" -www.sabbathmanifesto.org-, esto es, apagar el celular y la computadora durante 24 horas y conectarnos con nuestros seres queridos, salir al aire libre y disfrutar del silencio. En sintonía con el llamado "slow movement" -slow food y slow living-, el Día de la Abstinencia Digital (o National Day of Unplugging) este año cae el 3 de marzo.

"Vivimos en un momento extraordinario en la historia humana -dicen los organizadores de otro movimiento similar en su llamado The Digital Detox Manifesto (http://digitaldetox.org)-. Estamos globalmente más conectados que nunca, pero la vida en la era digital está lejos de ser ideal. El impacto psicológico, social y cultural negativo es real. La presión cultural para chequear constantemente los mensajes y mantenernos al día con las noticias a menudo nos abruma y frustra sin dejarnos tiempo para respirar. Las cosas deben cambiar."

Bodas unplugged, programas intensivos de desintoxicación digital en Japón, China y Corea, tours analógicos en Noruega son algunas de las expresiones de este despertar desconectivista al que algunos han denominado el "nuevo naturalismo". Como el movimiento apóstata, la desconexión es una reacción, un síntoma cargado de nostalgia. "En menos de veinte años hemos pasado del placer de la conexión a un deseo latente de desconexión", dice el sociólogo Francis Jauréguiberry, y asegura que esta situación provoca una división entre tecno-pobres -los que no pueden eludir la necesidad de responder mails, tuitear, etcétera- y tecno-ricos, aquellos capaces de mantener distancia.

Pasar desapercibidos, volvernos transparentes en una época de visibilidad total nos conecta con antiguas leyendas y mitos y con aquellos individuos que durante siglos han buscado ya sea a través de conjuros mágicos o artes esotéricas, artilugios y ropajes, la capacidad de desaparecer. Aunque en esta ocasión no para sacar ventaja -en La Ilíada, Zeus envuelve a Hera en una nube dorada para poder acostarse con ella sobre el monte Ida sin que los demás dioses los espíen-, sino como un conducto para hacer cumplir un derecho por el que aún vale la pena combatir. Ya lo dijeron los juristas Samuel Warren y Louis Brandeis en 1890: "El derecho a la privacidad es el derecho a estar solo, a no ser molestado".

Salvo que uno cometa un suicidio tecnológico, cierre todo y se vaya a vivir a una cueva en el desierto, la desconexión total parece imposible. Para el sociólogo Urs Stäheli no se trata de ser un ludita extremo. Más bien, aún ve esperanzas detrás del esfuerzo de conseguir lo que llama "islas de no conectividad": volverse momentáneamente invisible, abrir espacios de esporádica desconexión y calma para, por fin, lograr conectarse con uno mismo.

Algunos datos

. En la línea de los movimientos "slow", el Sabbath Manifesto se lanzó en 2010, de la mano de un grupo de artistas, cineastas, escritores y profesionales que promueven el Día de la Abstinencia Digital una vez por año. Entre sus principios están "Evitar la tecnología, "conectarse con los seres queridos", "nutrir la salud", "salir", "evitar el comercio", "encontrar el silencio". En la misma línea existe The Digital Detox Manifesto, cuyo lema es "desconectar para reconectar"."La tecnología es nuestra nueva droga. . Estamos digitalmente borrachos", escribe la psicoterapeuta Nancy Colier en el libro The Power of Off: The Mindful Way to Stay Sane in a Virtual World. . El premiado documental Screenagers: Growing Up in the Digital Age, de Delaney Ruston, muestra la trastienda de la vida familiar en la que un niño promedio pasa 6 horas y media por día mirando pantallas.