Poder como servicio

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El poder como servicio

El poder puede ser un instrumento para poner en práctica la pasión de mandar, la dominación, para el enriquecimiento fácil y el lucimiento, o puede ser entendido como servicio y constituirse en el vínculo que une a gobernantes y gobernados, entre empresarios y trabajadores, para encarar juntos la gran empresa del bien común. Es en este caso cuando el poder se transforma en positivo, ya que adquiere una direccionalidad de servicio hacia el otro y su consecuente acción.

El poder es una responsabilidad que se agrega: es decir, no es un lugar que se ocupa, sino un “poder hacer”. En tal sentido, la política es un poder que debe transformarse en servicio, para que la sociedad aporte proyectos que los gobernantes transformarán en posibilidades de concreción.

Para ello, sin embargo, se necesita responsabilidad y autonomía recíproca: una vez que el político ha definido su programa junto con el ciudadano, tiene la responsabilidad de llevarlo adelante, y éste último de controlarlo. Esto a su vez permite responder a la complejidad de los problemas sin simplificaciones ideológicas que impiden encontrarse con los planteos concretos –porque los problemas que a menudo afronta la política son complejos– cada uno desde su responsabilidad: quien está en el gobierno debe gobernar, quien está en la ciudadanía debe controlar, pero manteniendo la relación con el otro, sea ese otro institución o partido.

La unidad no es entonces una zona “neutra”, sino que está hecha de verdades recíprocas. Cada parte lleva su posición y sus diversidades, y cada parte comprende mejor qué hacer con su visión, con su cultura. Eso, además, permite comprender cuál es el bien de todos para, luego, trabajar en forma conjunta.