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Revisión actual del 18:43 14 jul 2011

Sostenibilidad de los ecosistemas

Los ecosistemas son naturalmente sostenibles, ya que reciclan todos sus elementos de modo que se libran de los desechos y reponen los nutrientes, formando parte de un ciclo de vida coherente. Los ecosistemas aprovechan la energía solar como fuente de energía: casi el 100% de la energía de la Naturaleza viene del sol gracias a la fotosíntesis de las plantas (verdes en su mayoría).
Asimismo, cada ser vivo tiene un código genético (ADN) único (excepto gemelos y clones) que garantiza la variedad y la riqueza de adaptación en caso de cambiar o alterarse las condiciones de vida.
Sin embargo, el tamaño y las conductas de las poblaciones de consumidores tanto animales como humanos deben permitir la regeneración de los alimentos consumidos. Si una población crece demasiado o tiene conductas depredadoras, agota los recursos y muere. Y eso es lo que está pasando en el mundo.
Los modelos de desarrollo convencionales (basados en indicadores de crecimiento económico), están teniendo graves implicancias ambientales, que como resultado han incidido en las denominadas crisis ambientales y energéticas, y por lo tanto, en los desequilibrios ocasionados en los diversos ecosistemas a nivel mundial, lo que pone en peligro su sostenibilidad.
Uno de los elementos más importantes de perturbación del equilibrio de los ecosistemas naturales actuales es el “proceso de acumulación capitalista”. La racionalidad capitalista induce a la desestabilización del comportamiento natural de los ecosistemas, es decir, ejerce una mayor presión económica sobre el ambiente.
El Fondo Mundial para la Naturaleza ha calculado que, entre 1970 y 1994, la economía natural se redujo en un 30 %. A partir de 1990, la tasa de reducción era de un 3% anual, y este nivel se ha mantenido, si no es que ha empeorado. Tales datos que la economía de mercado denomina externalidades, tienen graves consecuencias pues pueden poner en juego la biósfera y hacer inviable el futuro de la humanidad.
La principal aportación a la humanidad no proviene de la economía de mercado, sino de la economía de la naturaleza. Existen cálculos macroeconómicos que han cuantificado el valor de los servicios prestados a la humanidad por el conjunto de los ecosistemas. En 1977 un grupo de ecologistas y economistas sensibles a estos temas estimó en 33 billones de dólares al año el valor de la aportación de la naturaleza, lo cual representa dos veces el producto mundial bruto, que fue de aproximadamente 18 billones de dólares. En otras palabras, si la humanidad quisiera sustituir los servicios de la naturaleza por recursos artificiales,
necesitaría incrementar su PBI mundial en al menos 33 billones de dólares
al año, cosa que es prácticamente imposible.
La sostenibilidad del ecosistema seguirá estando amenazada en tanto de acuerdo al modelo de desarrollo convencional se sigan priorizando el crecimiento económico y tasas crecientes de extracción del stock natural, sin considerar su condición de finitud ni los costos por las consecuencias negativas ambientales causadas. Es por ello que es necesario cambiar este enfoque tradicional y aspirar a lograr la sostenibilidad en el marco de modelos de desarrollo que proponen un enfoque alternativo para revertir estos problemas.

Para que el mundo siga girando

La sostenibilidad requiere establecer relaciones dinámicas y a escalas mayores entre los sistemas económicos y los ecológicos, para así asegurar que la vida humana continúe en forma permanente y de acuerdo a la diversidad de culturas que existen, y donde, por consiguiente, los efectos de las actividades humanas no rebasen límites ambientales que destruyan o minimicen la diversidad, la complejidad y las funciones propias de los ecosistemas (que son justamente las que soportan la vida de los distintos organismos).
Hay autores que mencionan que se nos presenta una disyuntiva al querer establecer nuevas formas de relacionamiento entre lo que denomina el “capital natural” (la atmósfera, la estructura del suelo, la biomasa vegetal y animal, las poblaciones de peces, los depósitos de petróleo, minerales, etc.) y el “capital económico” (la maquinaria, infraestructura, mano de obra, conocimiento, etc.).
Señalan que el dilema se da entre quienes sostienen, por un lado, que el Estado debe intervenir e invertir en conservar el capital natural y el soporte de la vida como factor primordial de desarrollo (enfoque ambientalista) y, por otro lado, quienes sostienen que el Estado no debe intervenir en forma preponderante sino que es el libre mercado y la propiedad lo que debe primar (enfoque economicista). También se plantea la siguiente cuestión: ¿cómo operar para que la interacción entre sistemas económicos y ecológicos –y agregaríamos los sistemas sociales- en una perspectiva de desarrollo sostenible, no afecten de forma negativa la sostenibilidad de los ecosistemas en el tiempo?
En tal sentido, el concepto de sostenibilidad -entendido en el campo económico, ambiental y social- resulta clave como un indicador de las posibilidades de mayor comprensión en los procesos de diagnóstico y, por lo tanto, en la caracterización sistémica de la dinámica de los ecosistemas: las interacciones e intercambios posibles entre los sistemas sociales y naturales (sus criticidades y potencialidades). Es a partir de estas consideraciones que se podrán articular procesos de planificación concertada y con participación social para la gestión integrada de los ecosistemas en el corto, mediano y largo plazo.
Al respecto, se conoce de importantes iniciativas de algunos países y del trabajo persistente de organizaciones de la cooperación al desarrollo, redes ambientalistas y otras entidades públicas y privadas y de la sociedad civil, para lograr, por ejemplo, el cumplimiento de acuerdos internacionales marco en torno a problemas álgidos como el calentamiento global, la conservación de la biodiversidad, la reducción de la capa de ozono, desertificación, etc., y en torno a los cuales vienen logrando algunos avances importantes. Sin embargo, en el contexto global y debido a los fuertes intereses corporativos del capital financiero, resultan por el momento insuficientes.